“¡Hoy viene Liliana!” por Guillermo Ross

Autor anónimo. Retrato restaurado por Dirección de Publicaciones y Comunicación FTS UNLP.

En el año 2011, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Liliana Ross en una fosa común. Había sido enterrada como NN el 2 de febrero de 1977 en el cementerio de San Martín, provincia de Buenos Aires.

Los restos de Liliana fueron llevados a Chacabuco, su ciudad natal, para restituirlos a su familia que nunca dejó de buscarla.

Su hermano Guillermo escribió estas palabras mientras la esperaba.

“¡Hoy viene Liliana!” por Guillermo Ross

Ese día hacía calor, serían las dos de la tarde y estábamos en el patio interno de la casa, donde teníamos una canchita de paleta, el que daba luz a las tres habitaciones y a la cocina. Eran tiempos sin televisión, las computadoras no existían y los momentos de ocio eran largos. Yo jugaba en el centro del patio saltando y tarareando, esquivando los sillones de fierro con asientos elásticos sin almohadones. Saltaba y saltaba, con los pies juntos, tarareando una canción. Mamá, casi al lado de la puerta de la cocina, barría con su escoba de paja amarilla, cuando me dijo: 

Guillermo, hace los deberes y anda a bañarte… mirá que hoy viene Liliana… 

Y cuando lo dijo me agarró en el aire… yo me había impulsado y estaba en el aire, todo se volvió lento, mientras repetía las palabras que se estiraban en mi pensamiento…. “hoooyy viene…”. No se cómo giré y mirando a mamá, le pregunté: ¿Hoy viene Liliana? ¡¡¡Vaaamos!!!, mientras corría con los brazos levantados. 

Me fui a buscar mi cartera de cuero marrón y me puse a hacer los deberes en la mesa de la cocina, la grande, en la que en tiempos de felicidad plena nos unía a los ocho, el inglés y Pety en cabeceras, Ramón, Eduardo y Patricia de un lado, Roberto, Liliana y yo del otro. 

Tiempos de sobremesa, mucha charla y arroz con leche. Al rato me fui a bañar y ya prolijito, con el pelo mojado, me fui para afuera. 

Eran épocas de pantalones cortos. Serían las seis y media de la tarde cuando me senté en el banco de la casa. Estaba contento, ahora sí. A esperar a Lili. 

Sentado en el banco, dedos entrelazados entre las piernas, me hamacaba impaciente. Los autos que pasaban distraían momentáneamente mi atención, que siempre miraba la esquina, allá, la del chalet de Bressano frente a la Bandera Blanca, esperando que Liliana apareciera con su valija. Y se me hizo de noche, mamá me mandó adentro y la espera siguió en el hall, sentado en una silla mirando la puerta. Luego vino la cena y a dormir. “Pero mami, va a llegar”, “Nada, mañana tenes que ir a la escuela” Y a la cama. Mi pieza estaba al lado del hall de entrada y mi cama contra el rincón. Cuando al rato llegó Liliana, yo estaba despierto. Mamá le contó que le había estado esperando toda la tarde. Vino a mi pieza, prendió la luz y tocándome el hombre me dijo “Guille, Guille” Y yo me hacía el dormido, boca abajo contra la pared, me hacía el dormido ¿Cómo iba a estar durmiendo si la había esperado tanto? Lo que pasaba es que no me animaba, ¡me daba vergüenza! La quería tanto que no me animaba a mirarla, ¡se me iba a notar!. 

Pero ella sonriendo, sabía que yo no dormía, entendía todo, que la extrañaba, que me hacía falta, que además de mi hermana era mi compinche, solo a ella le contaba las “cosas importantes”, me tenía que dar tiempo. Cuando Pety le dijo de ir a la cocina para ponerse al día, ella le dijo “no, charlemos acá” y se sentó al borde de mi cama, Mamá en frente. Hablaron largo rato y cuando me di cuenta que la atención no estaba en mí, me fui incorporando despacito, de espaldas, girando, cabizbajo y al levantar la vista… Me estaba mirando… con la sonrisa llena, contenta. Nos dimos un abrazo lento, suave, largo, con una calidez que aún perdura. 

En los años que siguieron, no la vi más a Liliana. Nos chocamos con una realidad muy dura, con mis padres muertos en vida, llenos de tristeza. El país se desangraba con locos asesinos en el poder. La ausencia de Liliana pintó de gris nuestra vidas. Junto con ella desaparecieron muchas cosas, las risas, las canciones, las peñas, las reuniones, los ruidos, el rumbo. 

Su imagen me educaba y en momentos de decisiones, pensaba en ella. Cuando me sentí caer, el recuerdo de ese abrazo me sostenía, me cuidaba, me daba aliento, calidez, ternura, me cubría. 

Hoy después de tantos años de espera, el corazón hace sentir sus latidos, la sensibilidad roza constantemente el llanto. En el pecho se retuerce un abrazo gigante que ya no cabe, me hace vibrar y ya empieza a estirar los brazos, sabe que es tiempo de salir… Hoy viene Liliana…

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