Opiniones| miércoles, 13 de mayo de 2020

Cuidados, cuarentena y confusión

Una de las tantas consecuencias que trajo el aislamiento social, preventivo y obligatorio decretado por el gobierno nacional el veinte de marzo pasado fue que los cuidados aparecieron, de improvisto, en la agenda –estatal, mediática y hasta de la vida cotidiana. ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de cuidado?


por Lucía Makcimovich

Habían pasado apenas unos días desde que se había decretado el aislamiento cuando una compañera compartió en un grupo de WhatsApp su indignación porque en un programa televisivo, una reconocida teórica feminista (cuyo nombre no viene al caso) había celebrado la forma en que el gobierno estaba asumiendo la gestión de la crisis sanitaria provocada por la pandemia del COVID-19: un Estado capaz de maternar, o sea, de cuidar. Todas las que compartimos ese micro mundo virtual coincidimos en que semejante afirmación había sido, como mínimo, un tanto desafortunada.

Unas semanas después, en otro grupo de amigas, una de ellas contó que temía que la licencia por cuidado -que le corresponde según la resolución 207 del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social- le trajera represalias en su lugar de trabajo en un futuro no tan lejano. Los derroteros de ese intercambio virtual de opiniones y sensaciones, derivaron en que otra de ellas contara anecdóticamente que su pareja –con quien convive y tiene un hijo- reconoció lo difícil y agotador que es pensar todos los días qué cocinar. Y ella, fiel a su estilo, le respondió con una frase que a mí me pareció alucinante, capaz por lo precisa, pero sobre todo por lo preciosa:

-Bienvenido a la carga mental, hermano.

¿Qué es lo que tienen en común estas escenas? Que todas ellas están concatenadas por un mismo código: todas refieren de alguna manera u otra, a los cuidados. Tendencia que coincide con el clima del mundo exo grupos de WhatsApp: una búsqueda simple en Google permite acceder a decenas de notas, artículos y documentos estatales sobre el tema. Pero este boom del cuidado también trajo -en mi humilde opinión- un inconveniente. En este caos, parece que todo (o al menos, casi todo) es cuidado. Desde la OMS hasta la policía, pasando por la mayoría de los organismos estatales, las empresas y los comercios -todos- se dedican a cuidarnos. Y creo que, con semejante abundancia -como para seguir en tema- hay que tener cuidado.

Que ahora todo sea cuidado puede derivar en que el concepto se transforme en algo tan pero tan abarcativo y referido a tantas cosas, que termine siendo nada. O peor: que termine siendo todo eso. Con el perdón de las militantes feministas y académicas que han escrito tanto y tan bien sobre este tema vamos a decir muy vagamente que lo que se entiende como cuidado (o al menos del que me interesa) refiere a todas aquellas tareas y relaciones que se establecen en torno a las acciones que permiten la sostenibilidad de la vida en sociedad. Ahí podemos incluir -según desde nos posicionemos- desde el trabajo doméstico hasta el cuidado de otres (niñes por ejemplo), incorporando también el autocuidado y la dimensión subjetiva que atraviesa a todo aquello.

Pero precisar también es también politizar: por eso es necesario reconocer y visibilizar que la forma en que se organiza el cuidado en nuestro país es injusta: gracias al patriarcado y la división sexual del trabajo, la mayor carga de responsabilidades cae sobre los hogares, y dentro de éstos, ¡sorpresa! sobre las mujeres. Y (como si ya no fuera poco) en el caso de que estas tareas se estén tercerizadas, son realizadas también por mujeres -pobres y en general migrantes- en condiciones precarias y con baja remuneración.

¿Entonces por qué ahora se habla tanto de esto? Porque la crisis sanitaria que produjo la pandemia del coronavirus puso en jaque nuestras relaciones sociales en general y las de nuestras vidas cotidianas en particular; por lo tanto, también, las que intervienen en torno a los cuidados. Y el aislamiento en los hogares, el cierre de instituciones y la suspensión de un sinfín de actividades laborales remuneradas vinieron a poner en evidencia la incapacidad -social y estatal- de garantizar el cuidado: a ser cuidades, pero también a elegir cuánto y cómo cuidar. Pero si esta crisis de los cuidados ya existía antes ¿qué va a pasar con ella cuando pase la pandemia?

Okey, supongamos que aprendimos a valorar el trabajo doméstico y de cuidados. ¿Qué hacemos? ¿Lo remuneramos, lo redistribuimos? ¿Ambas? ¿Lo socializamos completamente para disolver la función económica de la institución familiar? ¿Cómo se va a traducir esto en políticas estatales? ¿Quién marcará la agenda en este tema después del caos?

¿Quedará éste como aquel momento histórico en el que -entre tantas otras cosas- algunos varones cis heterosexuales descubrieron lo difícil que es mantener una casa más o menos habitable y empezaron a hacerse cargo? ¿Devendrá esta repentina visibilización en una regularización masiva de empleadas de casas particulares? ¿O podremos por fin discutir, cómo sostenemos la vida en un sistema socio-económico que nos condena y expulsa constantemente a la insostenibilidad?

Ni Estado maternal ni mandatos patriarcales: eso que llaman amor es trabajo no pago.

Mural: Ailín Tomatore / Fotografía: Florencia Salto.

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