Covid-19: violencias de género

A continuación, se resalta brevemente noticias significativas en relación a la violencia de género en el contexto del Covid-19 y, se presenta una reflexión interdisciplinar con tinte latinoamericano precisando algunos aspectos comunes en nuestros países: Perú y Colombia.

Pensando las violencias

Llegó el 2020 y con él nuestras expectativas, construimos proyectos para un año cargado de nuevos retos, pero, quizás, nunca pensamos es que tendríamos un año de temor, de aislamiento en casa, solos o acompañados, según sea el caso, o que quizás la película hollywoodense sería una realidad en nuestros contextos más cercanos. A varios kilómetros de distancia nos llegaba la noticia de la aparición de un nuevo virus, el cual en principio no parecía letal, sin embargo, preocupaba mucho por la velocidad de sus contagios. Actualmente, habita en nuestros territorios, y alertando los sistemas de salud, la economía y por supuesto la dinámica social.

PERÚ: En medio de la cuarentena obligatoria, el Estado toma una medida restrictiva denominada “pico y placa por género”[1], limitando la movilidad a un único miembro del núcleo familiar para adquisición de víveres y bienes de primera necesidad; anuncia que la fuerza pública actuaría sin ningún tipo de discriminación homofóbica. Sin embargo, se conoció un vídeo en diversos medios de comunicación, donde tres mujeres trans fueron sometidas, en una dependencia policial, a realizar ejercicios físicos y gritar frases como “quiero ser hombre”. La medida de detención se realizó el día en el cual podían circular mujeres, con lo cual se evidencia la arbitrariedad de parte del Estado.

COLOMBIA: Al decretarse el aislamiento preventivo obligatorio se agudiza la violencia de género en el territorio nacional: apedreamiento a vivienda de mujeres adultas mayores tras ser diagnosticadas con Covid-19; violencia intrafamiliar; 33 feminicidios desde el inicio de la cuarentena y más de 5000 llamadas de denuncias de violencia en las viviendas. Además, la medida de “pico y género” (delimita circulación de personas de acuerdo al último dígito de la cédula y el género) generó controversias.

Claramente la violencia de género, no es una situación exclusiva de algún contexto latinoamericano, es una tragedia mundial, que desafortunadamente encuentra sustento en el capitalismo, articulado a través de los Estados y sus frágiles medidas sin perspectiva de género. El sistema capitalista, imprime un sin fin de violencias, con mensajes normalizadores y de disciplinamiento. Sus manifestaciones se expresan en las corporalidades de las feminidades que amenazan o desestabilizan el sistema patriarcal. Por eso, la maximización de las expresiones de violencias va en aumento, cada vez con mayor crueldad, puesto que solo así se consigue sistemáticamente menos empatía e individualización.

En circunstancias como la emergencia actual, las violencias son recrudecidas, y nos permite pensar que la violencia de género debe ser entendida y asumida como parte de un tejido de carencias y ausencias económicas, sociales, culturales, educativas, políticas y desmitificar el “odio” como único componente de las violencias de género, no puede acabarse el diálogo en lo psicológico, médico y lo individualizable. Hacen parte de un tejido social complejo y que debe ser situado, por ejemplo, la transfobia y los feminicidios como un aspecto dentro del cúmulo de violencias, que hay que ir desatando para entenderlas como fenómenos sociales.

Entre las violencias de género comunes que identificamos en nuestros países están las dirigidas a las disidencias, a través de medidas como “pico y placa y género” que si bien, desde la administración municipal, o nacional fueron lanzadas y explicadas como una medida “incluyente” y se “garantiza” la libertad de expresión, las colectividades disidentes consideraron que vulnera las identidades, las reprime, las expone y es sumamente violenta y discriminatoria. Desde el Estado no se garantiza cabalmente sus derechos y se vincula el sexo con el género como uno solo. Por otra parte, la violencia intrafamiliar y los feminicidios que en realidad no son nuevos, pero como las mujeres no encuentran apoyo en políticas basadas en el género, con o sin emergencia, estos sucesos estarán presentes en la cotidianidad.

Justamente, este es uno de los retos para el trabajo social, que siempre hace parte de la primera línea de batalla en los contextos sociales, y que en la emergencia actual no está ajeno. Son tan significativas/os los/las colegas que reciben usuarios contagiados/as; que atienden familiares; que construyen estrategias de contención socioeconómicas para las personas desempleadas por la emergencia; como los/las que contienen a aquellas mujeres y disidencias víctimas de violencia de género, vulneradas por el acceso a los recursos y la desprotección económica tan recurrente por estos tiempos.

Entonces, será que ¿el Covid-19 despertará un estallido social? El reto desde la Intervención Social es incluir los derechos humanos con perspectiva de género, promoviendo la diferenciación en el acceso a los derechos y la significación de las personas, siendo esencial para la reconstrucción del tejido social y la reconfiguración de la vida, quizá, no como la conocíamos antes. De este modo ¿será que tenemos que plantear nuevas formas de construcción de justicia social? y ¿será que tendremos que incluir la perspectiva de género como elemento transversal a la idea de justicia social?, ¿será que la inclusión, el reconocimiento a la diversidad y la perspectiva de género son elementos esenciales para construir una justicia social que instale herramientas de cambio para hacer frente al capitalismo como principal eje de violencias?

[1]Delimita el desplazamiento fuera de casa los días lunes, martes, viernes a hombres y martes, jueves y sábado a mujeres.

Fotografía: Solange Avena.

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