Un relato pospandemia para una nueva normalidad

La pandemia hizo más evidentes las acciones destructivas de la humanidad. ¿Será eso suficiente para que se produzcan transformaciones profundas en el sistema-mundo como tanto se augura? La vida se sostiene sobre relatos y, en el fondo, todo depende del relato que se imponga.

No conocíamos puntualmente este virus, aunque sí teníamos mucha información sobre los coronavirus que conviven desde siempre con los seres humanos. También hubo investigaciones científicas que pronosticaron una realidad muy cercana a la que estamos viviendo, en las que advertían sobre nuevas cepas de grupos de coronavirus presentes en animales con alto potencial de transmisión a humanos. Bill Gates predijo tan acertadamente lo que estamos viviendo que incluso llegaron a señalarlo en un comienzo como sospechoso de alguna maniobra oscura. Es que, en buena medida, la pandemia hace más evidentes cuestiones que sabíamos: que el planeta ha sido destrozado, que creamos aglomeraciones urbanas desmedidas y destructivas, que los niveles de desigualdad son insostenibles, groseros e injustos. Numerosos periodistas, políticos e intelectuales sostienen que cuando termine la pandemia, el sistema-mundo cambiará completamente, ¿será así?

Tal vez la evidencia de recuperaciones tan claras como los cielos de grandes ciudades chinas, transparentes como el agua en los canales de Venecia o tan vivas como los carpinchos que se pasean por los barrios privados construidos sobre humedales en el Delta del Paraná, nos hacen creer que algunas maneras de actuar se quedarán sin argumentos para continuar lo que venían haciendo. ¿Es esto suficiente para que se generen profundas transformaciones? ¿O estaba clara ya la desigualdad inhumana y la decadencia insostenible del planeta y sin embargo todo seguía funcionando sobre las mismas reglas?

Los hechos disruptivos, que rompen el orden de lo cotidiano y las certezas de las rutinas urbanas generan disputas de sentidos. Lo que está en juego es la lucha por los sentidos que se imponen luego: si son nuevamente los moldeados por los intereses de poderes económicos o son sentidos más humanistas, más sobrios, más justos, basados en estructuras de pensamiento donde la ética ponga nuevamente el foco en el valor de la vida, pensándola como cuestión colectiva e incluyendo la vida de la madre tierra que, básicamente, hace posible la nuestra.

La etapa del capitalismo financiero o neoliberal es una desgracia donde una muy pequeña minoría se queda con todo, o casi todo. La última vez que quedó en evidencia a nivel mundial esta insensatez fue con la crisis de 2008 que comenzó con las hipotecas subprime en USA, luego destruyó enormes empresas y finalmente generó un descalabro económico financiero global. Aquel episodio puso al desnudo el absurdo de las burbujas especulativas y del accionar de fondos de inversión que dejaban en la calle a miles de familias. ¿No era ese ya el fin, al menos de esta fase del capitalismo salvaje?

Es indiscutible que este parate global deja una prueba empírica de algunos debates que hasta ahora se debatían en el orden de las hipótesis. La respuesta sorprendente del mundo natural resurgiendo es incontestable. La naturaleza agradece el cielo sin aviones y las ciudades sin millones de autos; celebra la reducción del consumo de combustibles fósiles y de la contaminación de agua, aire y tierra. ¿Seremos por eso a partir de ahora más respetuosos con ella? Difícil imaginarlo cuando estas buenas acciones para el planeta significan una catástrofe para nuestro modo de organizarnos como sociedad. La caída de acciones, bolsas de valores y esas creaciones humanas que sólo existen en la virtualidad, golpean en la realidad y condicionan pensamientos y acciones puesto que nos movemos dentro de sus mecanismos técnico-lingüísticos, en sus reglas y con sus códigos. No puede ser distinto el mundo si la principal preocupación de la población, gobiernos y organismos mundiales es buscar la manera de volver cuanto antes a la producción y el consumo para recuperar aquella “normalidad”. Incluso tal vez con niveles de actividad más potenciados para contrarrestar esos puntos de PBI mundiales que se saben perdidos.

La fórmula de la modernidad de crecimiento indetenible y dominio sobre la naturaleza se topó con la pandemia. El relato que gobernaba se volvió impotente porque el nuevo virus escapa a nuestra comprensión y control, al menos en lo inmediato. ¿Cómo van a salir esta vez los desventurados, los humillados, los olvidados, los que siempre viven tiempos difíciles? ¿Se podrá imponer un nuevo relato fuera de las lógicas del mercado que permita redescubrir los placeres de la vida y del goce?

Los disparates que desnuda la crisis no son suficientes. Necesitamos nuevas construcciones sobre la supervivencia y la vida social para re-escribir el mundo y crear una nueva normalidad. Es repetida la sensación de sentirse en una película de Hollywood, y es justamente en esos guiones donde pasada la destrucción apocalíptica lo que subsiste o resurge es el mismo orden que dominaba antes del desastre. El deseo de transformación depende de una utopía diferente, de una historia capaz de fundar un nuevo relato pospandémico.

Ilustración: Roberto Matta.

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    Juana Canevari 12 mayo, 2020

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