Opiniones| lunes, 11 de mayo de 2020

Notas sobre el ingreso universal: una mirada desde la filosofía social

El ingreso universal o renta básica constituye una de las propuestas elaboradas desde la Filosofía Social ante el problema del acceso a la justicia. La emergencia de la pandemia del COVID-19 y la crisis mundial han puesto, quizás inesperadamente, este debate en el centro de la agenda política contemporánea.


por Cátedra de Filosofía Social (FTS-UNLP)

Hace un año, en l nuestras clases, discutíamos una propuesta que parecía tan atractiva como utópica: el ingreso básico universal. La idea de un pago incondicionado equivalente a la canasta básica para cada habitante resultaba interesante para pensar medidas locales que se encaminaban en tal sentido, como la AUH. No imaginamos que la discusión sobre el ingreso básico llegaría a instalarse, con relativa celeridad, en el espacio legislativo, en los medios de comunicación y en la expectativa de muches ciudadanes sin ingresos regulares.

La situación de emergencia sanitaria desatada por la pandemia COVID-19 tuvo múltiples repercusiones a nivel global. En el plano económico, la cuarentena generalizada con el cierre consecuente de empresas y comercios de todo tipo acarreó una crisis económica sin precedentes: caída brutal de la bolsa en los principales centros financieros del mundo, explosión de la desocupación, la pobreza y la exclusión.

Ello llevó a algunos países, como Estados Unidos, Italia y Alemania, a distribuir una determinada suma de dinero entre sus ciudadanos, a fin de que satisfagan sus necesidades básicas. Estas medidas son similares en varios puntos a la renta básica: tienen a todes les ciudadanes por destinatarios, no exigen una contraprestación determinada y el Estado es el agente distributivo. Es decir que es un subsidio incondicionado. Pero estas decisiones no fueron producto de un debate previo, sino más bien del desastre económico y de la necesidad de responder a la emergencia. Por esa razón es necesario observar el devenir ulterior de la economía mundial para saber la estabilidad de estas políticas públicas. Si las economías más desarrolladas se recuperan con demasiada velocidad, es posible que se suspendan estos subsidios incondicionados. Pero todavía no lo sabemos.

En lo que sigue haremos algunas precisiones sobre el concepto de ingreso universal que quizás brinden elementos a la reflexión de un momento de inflexión histórica como el que estamos viviendo.

En 1995, Philippe Van Parijs publicó su libro Libertad real para todos donde presenta una perspectiva que considera superadora de las tradiciones marxistas y liberales. A sus ojos, ambas se han mostrado incapaces de garantizar sociedades justas, es decir, sociedades en la que todos sus miembros sean tan libres como pueden serlo. Van Parijs se pregunta cuáles son las condiciones que deberían cumplirse para alcanzar una verdadera libertad.

Una análisis tradicional nos dice que tenemos que distinguir la “libertad positiva”, la capacidad para llevar adelante aquellas acciones que consideramos valiosas, de la “libertad negativa” (característica de las posiciones liberales tradicionales) que enfatiza por el contrario que no existan impedimentos para nuestras acciones individuales.

Van Parijs prioriza otro aspecto: la distinción entre libertad “formal” y libertad “real”. Si la libertad formal sólo garantiza el llamado “principio de oportunidades”, la libertad real implica una consideración más amplia e incluye también los medios (concretos y simbólicos) que permiten alcanzar, de hecho, tales oportunidades. Van Parijs sostiene que el ingreso universal es una condición sine qua non de la libertad real. En otras palabras, ser libre es más que tener la posibilidad abstracta (o formal) de hacer algo; implica también los medios para realizar aquellas acciones que estimamos valiosas.

Ahora bien, la propuesta del ingreso universal garantizará efectivamente la libertad real sólo si este ingreso tiene un carácter incondicionado. Esto implica que los destinatarios deberán percibirlo sin importar si trabajan o no, la clase social a que pertenezcan, dónde vivan, si tienen hijes, si están casados, si viven solos.

A raíz de la emergencia económica suscitada por la pandemia, surgieron propuestas sobre el cobro de impuestos a las riquezas tanto en el plano internacional como en nuestro país. De la mano de este debate, la discusión sobre el ingreso universal comenzó a abrirse camino, en los espacios legislativos y en los medios de comunicación.[1] Incluso el Papa Francisco propuso en un documento la implementación de un salario universal. El COVID precipita una discusión que ya comenzaba a darse: ¿puede el ingreso desvincularse de la presencia física de una persona en un trabajo? ¿Cómo será ese “después del trabajo” que vendrá “después de la pandemia”?

En medio de esta escena, esbozamos algunos interrogantes: ¿Tenemos que esperar a una pandemia para que los debates sobre el ingreso universal estén en la agenda internacional? ¿La redistribución a través de una medida como el ingreso básico implicará el “fin del capitalismo” o de la propiedad privada? ¿Estamos en una nueva fase del capitalismo que necesita reorganizarse para mantener su hegemonía mundial? Lejos de pensar el fin del capitalismo, como hemos escuchado de varios teóricos, o el fin del comunismo chino, tal vez la pandemia nos conduzca en un sendero donde comencemos a preguntarnos por la desigualdad económica.

La Filosofía no exige respuestas certeras sino la construcción de preguntas que acompañen las reflexiones, por esto cerramos dejando tres inquietudes incómodas:

[1] Pueden consultarse: https://www.youtube.com/watch?v=AIFPYWAvffA y https://www.youtube.com/watch?v=9GkAd0ToJOo; https://www.tiempoar.com.ar/nota/la-crisis-del-covid-empuja-el-debate-sobre-el-salario-universal

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