30 de agosto, día internacional de las víctimas de desaparición forzada

Por iniciativa de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos, el 30 de agosto de 2010 las Naciones Unidas reconocen el día de las víctimas por desaparición forzada. Describen este método como “estrategia para difundir el terror entre los ciudadanos”. Reconocen que son propias de las dictaduras militares para ejercer la represión política. La dictadura militar argentina y sus socios civiles fueron un lamentable ejemplo mundial y en las antípodas los organismos de Derechos Humanos se convirtieron en un símbolo de lucha y memoria.

Los seres humanos hemos creado ritos culturales de nacimiento y de muerte. Cuando el cuerpo de una persona muere, hay ceremonia de despedida, elegimos un lugar donde alojarlo/la, hay un último día en que serán recordados/as. Estas, son escenas necesarias que nos hacen transitar por la vida dándole significado.

La desaparición de una persona, la angustia de esperar y esperanzarse para luego desintegrarse en fantasías y especulaciones, el duelo forzado por el tiempo, la sensación de culpa de los seres queridos por ser ellos/as quienes en algún momento optan por darlo/a por muerto/a y dejar de esperar, es una condena que se lleva gran parte de la vida de quienes quedan.

Cuándo nos referimos a la desaparición de miles de personas, por razones políticas, como pasó en la última dictadura en nuestro país, este impacto social y político tiene consecuencias que deja en la memoria de los pueblos heridas y efectos disciplinadores que subyacen en el inconsciente colectivo.

Las desapariciones en democracia, como las de Julio López o Santiago Maldonado, por dar algunos dolorosos ejemplos, les sirvieron, a quienes todavía disputan el poder económico y político, como amenaza para que ese terror vuelva a despertar una alarma y advertirnos de lo que son capaces.

Las justificaciones, las sospechas sobre las víctimas y el negacionismo, son parte de esa estrategia del terror. Si en algún momento nos preguntamos sobre el adormecimiento, la ausencia de reacción ante tanta afrenta que hemos padecido como pueblo con el retorno de la derecha neoliberal al poder, seguramente encontraremos parte de esas respuestas.

Hablar de desaparición de personas es también hablar del intento de desaparecer la historia. Este gobierno lo ha hecho explícitamente en cada una de sus declaraciones y simbólicamente con la invisibilización de nuestros patriotas en los billetes, entre otros tantos gestos agraviantes.

Sin embargo, nuestro país contaría otra historia, sin la presencia de los organismos de Derechos Humanos quienes tenazmente han respondido con perseverancia, creatividad y reacción política para que la memoria nos despierte.

En 1979 Videla en conferencia de prensa dijo que los desaparecidos “son un ente”, que no podían darles un tratamiento especial porque “no están ni muertos ni vivos”. Y ese veredicto tuvo como respuesta años de lucha que no se detuvo ni ante las persecuciones, la impunidad, ni el cinismo negador, que siempre vuelve a aparecer en boca de quienes hoy gobiernan y que han logrado gran parte de su riqueza en años de dictadura.

La política estatal de Derechos Humanos tiene su origen en el 2003, el día en que por primera vez en la historia un presidente, desde que llegó la democracia, pide perdón a los/as familiares de las víctimas en nombre del Estado. Esto se manifestó en hechos concretos y simbólicos, como reconocer el 24 de marzo como el día de la memoria, la verdad y la justicia o abrir los centros clandestinos de detención como espacios de reflexión a las generaciones venideras. Pero también, el anhelado pedido de justicia que se hizo posible con la anulación de las leyes de impunidad y el comienzo de los juicios postergados por años. Las madres y las abuelas tuvieron un rol protagónico y la búsqueda y recuperación de muchos de nuestros hermanos/as apropiados fueron el resultado de esa decisión política.

Se multiplicaron en escuelas, universidades, espacios laborales, barriales y políticos por donde transitaron las víctimas, homenajes y reconocimientos que no pudieron detener. Esto abrió el camino para que ante cada intento por parte del gobierno de retroceder en las políticas de Derechos Humanos, la reacción sea multitudinaria.

Cuando decimos que no nos vencieron, es porque a pesar del horror seguimos de pie. Nuestros/as desaparecidos/as tienen nombre, historia, rostro, identidad política y un proyecto revolucionario que nos guía. Ellos/as siguen resistiendo a través de nuestra presencia, a esa condición a la que los/as quisieron condenar, por eso, todavía con un nudo en la garganta, cada vez que los/as nombramos, gritamos PRESENTE, ahora y siempre.

Fotografía: www.elotro.com.ar

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